ace casi 2000 años un obispo llamado Ignacio
que iba a hacer penitencia a Roma escribió siete cartas a
algunas iglesias hermanas. Este obispo mártir fue la
primera persona en mencionar el nombre de la madre de Jesús,
Maria. En su carta a los Trallianos escribió “Pues cerrad
las orejas si alguien os predica sin hablar de Jesucristo.”
No creo que haya mejor declaración de
intenciones para una parroquia. Cuando se bautizan los
bebés, cuando se hace la confirmación, cuando se celebran
las bodas, cuando se consuela a los enfermos y cuando se
entierra a los fieles – en todo esto el cura y la gente
proclaman a Cristo. Lo proclamamos también cuando somos
fieles todos los domingos a la Misa al decir “haced esto en
mi memoria.” En esta misma proclamación somos nosotros los
que fortalecemos y crecemos cada día en el Cuerpo de Cristo.
Una parroquia predica “Cristo” también cuando
nos queremos y cuando nos ayudamos. ¿No dijo San Francisco
de Asís a la gente que “se predique el Evangelio, y si es
necesario, que se usen palabras.” Se predica el amor y el
cariño de muchas maneras ocultas en la parroquia como, por
ejemplo, preocuparse por un vecino anciano durante invierno
o preparar discretamente unos bocadillos para una vecina que
ha perdido su marido. Estos actos se multiplican cien veces
en este estado que llamamos “hogar.” A través del fenomenal
trabajo de tantos grupos en la parroquia; a través de la
enseñanza de nuestros hijos en el colegio; a través de las
visitas de curas y monjas, también se presencia al Cristo
que ama y cuida de su gente.
Estamos bendecidos desde hace más de 25 años
con una iglesia bonita y santa – la única en la diócesis
dedicada al gran evangelista San Lucas – pero la fuerza y la
vitalidad de la parroquia se demuestran en su gente quienes
son las “piedras vivas que se utilizan para construir una
casa espiritual” (Pedro 2:5b) “después
de todo, compartimos el trabajo de Dios; sois la granja de
Dios; el edificio de Dios.” (Corintios 3:9).
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